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Creer que no tenemos ningún propósito no solo es irracional, sino que es problemático a nivel práctico, dado que presenta una indicación de que muchas de las cosas que hemos logrado como seres humanos muy probablemente no habrían ocurrido si mucha de la gente que alcanzó éxitos sorprendentes, incluyendo el descubrimiento de la penicilina, no hubiera tenido motivación para hacer lo que hicieron. Esto es debido a que dichas personas tenían un enfoque de la vida con un propósito que los impulsaba, sin el cual simplemente seríamos animales obedeciendo nuestros instintos, en otras palabras, robots químicos deambulando por ahí a la espera de que el ácido de la batería se seque. Las realidades de una existencia sin sentido también fueron subrayadas por el filósofo Arthur Schopenhauer, que afirmó que el mundo está en bancarrota y no hay razón para regocijarse en su existencia, incluso argumentó que sería mejor si no existiera el mundo y cuestionó si el suicidio era una solución plausible.

¿Por qué es irracional? Bien, es irracional porque si todo lo complejo y diseñado que descubrimos parece tener un propósito, incluyendo la insignificante polilla, así como las cosas que desarrollamos y creamos; entonces, se deduce lógicamente que nosotros tenemos también un propósito. Negar esto sería equivalente a creer cosas sin evidencia alguna, pues no hay evidencia para decir que no tenemos propósito, por el contrario, tenemos evidencia para decir que todas las cosas tienen un propósito y que podemos inferir que nosotros mismos también lo tenemos. Incluso los científicos señalan que es irracional afirmar que nuestro universo es impersonal y que es el producto del azar ciego. Es interesante ver que ellos han explicado que los procesos físicos en el universo tienen algún tipo de propósito; por ejemplo, el astrónomo Sir Fred Hoyle describió el universo con los atributos de Dios, y los físicos Zeldovich y Novikov cuestionaron por qué la naturaleza decidió crear este universo y no otro.

Finalmente, podemos argüir que, sin un propósito, no tenemos realmente un significado profundo para nuestra vida. Por ejemplo, si adoptamos la conclusión lógica de una visión científica apática de nuestra existencia, estamos en un barco que se hunde. Este barco se llama universo, pues, de acuerdo con los científicos, el universo un día sufrirá una muerte térmica, y un día el sol destruirá la Tierra. Por lo tanto, este barco se va a hundir, así que te pregunto, ¿qué sentido tiene reorganizar las sillas de la playa o darle un vaso de leche a la anciana? Como dijo el escritor y ensayista ruso Fyodor Dostoyevsky: "Sin un objetivo y un cierto esfuerzo para alcanzarlo, nadie puede vivir".

Varios argumentos pueden desprenderse de esta discusión. En primer lugar, una visión del mundo sin propósito nos da más libertad para crear propósito para nosotros mismos. Para explicarlo con más detalle, algunos existencialistas han sostenido que nuestra vida en realidad no está basada en nada, y a partir de esa nada podemos crear un nuevo ámbito de posibilidad para nuestras vidas y, por lo tanto, crear un propósito para nosotros mismos. Esta filosofía descansa en la idea de que nada tiene sentido y de que podemos crear un nuevo lenguaje por nuestra propia cuenta a fin de llevar vidas plenas. El defecto de este enfoque es que utiliza un significado para afirmar la falta de significado y también representa un autoengaño, pues niega el propósito pero crea uno para nosotros. Adicionalmente, implica que no hay valores morales y verdades objetivas debido a la ausencia de una base ontológica. Esto va en contra de la intuición y es opuesto a nuestro consenso intercultural de nuestro pensamiento moral. La filosofía de la guerra es un buen ejemplo para mostrar ese tipo de consenso moral. Durante 2.500 años hubo un acuerdo intercultural de que los venenos no debían ser utilizados en la guerra, incluso si eras derrotado. Si bien la gente no siempre cumplía esto en la práctica, estaban de acuerdo con esta regla.

Otra aseveración incluye la posición de los evolucionistas de que nuestro propósito es propagar nuestro ADN, como afirma Richard Dawkins en su publicación El gen egoísta, al decir que nuestros cuerpos han sido desarrollados solo para hacer eso. El problema con este análisis es que relega nuestra existencia a un accidente casual a través de un proceso biológico muy largo; en esencia, el valor de nuestra vida pierde su significado y la moralidad queda relegada al gusto de cada uno, como afirma Michael Ruse, un filósofo de la ciencia:

"La moral es una adaptación biológica igual que lo son las manos, los pies y los dientes… La moral es solo una ayuda para la supervivencia y la reproducción, y cualquier significado más profundo es ilusorio".

La perspectiva evolutiva crea más problemas de los que resuelve, pues no puede dar una explicación adecuada a la consciencia y a la presencia de nuestras facultades racionales. Tomando la consciencia como ejemplo, ¿cómo puede una realidad subjetiva inmaterial provenir de una sustancia material? La consciencia no es una cosa física ni está contenida en ninguna célula ni estructura biológica. La realidad más indiscutible e intuitiva es que todos somos conscientes, pero no podemos describir o explicar qué es esta consciencia. Una cosa de la que podemos estar seguros es de que la consciencia no puede ser explicada química ni biológicamente, y la principal razón de ello es que la evolución no descubrió la consciencia, en realidad es al revés. Que la evolución trate de explicar la verdad de la consciencia equivale a argumentar en círculo. Incluso los científicos reconocen esto: el físico Gerald Schroeder señala que no existe diferencia real entre un montón de arena y el cerebro de Einstein. Los que defienden una explicación física para la consciencia deberían contestar preguntas más grandes, como esta: "¿Cómo pueden ciertos fragmentos de materia crear de repente una nueva realidad que no tienen parecido alguno con la materia?".

Así que, si la consciencia no se puede explicar físicamente, entonces la siguiente pregunta a plantear es: ¿Cómo llegó a ser? La historia del universo indica que la consciencia simplemente surgió espontáneamente y que el idioma apareció sin ningún precursor evolutivo. Incluso los neoateos no han podido ponerse de acuerdo en términos de la naturaleza de la consciencia ni de su fuente, puesto que ninguna explicación física es suficientemente coherente para convencer. El propio neoateo Richard Dawkins admite la derrota en lo relacionado con la consciencia; él afirma: "No sabemos. No la entendemos".

En conclusión, hay más razones para creer que tenemos un propósito más profundo que las otras opciones de falta de propósito y la propagación fría y sin valor de nuestro ADN. Darnos cuenta de que tenemos un propósito es la mejor explicación a través de las inferencias que hacemos en relación con el universo y las cosas que nos rodean. Incluso, se le atribuye al filósofo escocés David Hume haber dicho: "Un hombre sabio ajusta su creencia a la evidencia", de modo que, en este caso, sería sabio concluir que los seres humanos tienen un propósito, y no olvidemos que esto nos alimenta con una explicación más significativa de nuestra existencia. Sin embargo, la siguiente pregunta surge de forma natural: ¿Cuál es nuestro propósito?

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