Ya hemos establecido que Jesús, hijo de María,
o como él es llamado por los musulmanes, Issa ibn Maríam, hizo su primer
milagro mientras era arrullado en los brazos de María. Por permiso de Dios él
habló, y sus primeras palabras fueron:
“Por cierto que soy el siervo de Dios. Él me revelará el Libro y hará de mí un Profeta”
Él no dijo:
“Yo soy Dios”, ni siquiera: “Yo soy el Hijo de Dios”. Sus primeras palabras
establecieron las bases de su mensaje y de su misión: el llamar a la gente de
vuelta a la adoración pura de Un Único Dios.
En el tiempo de Jesús, el concepto de
la Unicidad de Dios no era nuevo para los hijos de Israel. La Tora decía: “Escucha,
Israel: El Señor nuestro Dios es el único Señor” (Deuteronomio 6:4 NVI). Sin
embargo, las revelaciones de Dios habían sido malinterpretadas y abusadas, y los
corazones se habían vuelto duros. Jesús vino a denunciar a los líderes de los hijos
de Israel, que habían caído en vidas de materialismo y lujo, y para restituir
la ley de Moisés encontrada en la Tora que ellos incluso habían cambiado.
La misión de Jesús era confirmar la Tora,
hacer legales cosas que antes era ilegales y proclamar y reafirmar la creencia
en Un Creador. El Profeta Muhammad dijo:
“Cada Profeta fue enviado a su nación exclusivamente, pero yo fui enviado a toda la humanidad”.
De esta forma, Jesús fue enviado a los Israelitas.
Dios dice en el Corán que le enseñaría
a Jesús la Tora, el Evangelio y la Sabiduría.
“Él le enseñará la escritura, le concederá la sabiduría, le enseñará la Tora y el Evangelio”.
Con el fin de difundir su mensaje, Jesús
estudió y entendió la Tora, y fue provisto con su propia revelación de Dios: el
Inyil o Evangelio. Dios también dotó a Jesús con la habilidad de guiar e
influir a su pueblo con señales y milagros.
Dios apoya a todos Sus Mensajeros con
milagros que son observables y tienen sentido para la gente a la que el Mensajero
ha sido enviado a guiar. En el tiempo de Jesús, los Israelitas eran muy
conocidos en el campo de la medicina. Consecuentemente, los milagros que Jesús hizo
(con el permiso de Dios) fueron de esta naturaleza e incluyeron retornar la
vista a los ciegos, curar a los leprosos y revivir a los muertos. Dios dijo:
“Y cuando hiciste con arcilla la forma de un pájaro con Mi anuencia, luego soplaste en él y se convirtió en pájaro con Mi anuencia, y curaste al ciego de nacimiento y al leproso con Mi anuencia, y resucitaste a los muertos con Mi anuencia”.
El niño Jesús
Ni el Corán ni la Biblia se refieren a la
niñez de Jesús. Nos podemos imaginar, sin embargo, que como un hijo de la
familia de Imran, fue un niño piadoso, devoto de aprender y ansioso de influir a
los niños y los adultos alrededor de él. Luego de mencionar a Jesús hablando en
la cuna, el Corán inmediatamente relata la historia de Jesús modelando la
figura de un pájaro en arcilla, sobre el que sopló y Dios permitió que se
convirtiera en pájaro.
“Os he traído un signo de vuestro Señor. Haré para vosotros con barro la forma de un pájaro. Luego soplaré en él, y con el permiso de Dios, tendrá vida”.
El Evangelio de la Infancia de Tomás, uno
del conjunto de textos escritos por los primeros cristianos pero no aceptados
en el canon del Nuevo Testamento, también se refiere a esta historia. Este
relata con algún detalle la historia del joven Jesús haciendo pájaros de
arcilla y soplando vida en ellos. Aunque fascinante, los musulmanes creen en el
mensaje de Jesús solo como este es relatado en el Corán y en las narraciones
del Profeta Muhammad.
A los musulmanes se les pide creer
en todos los libros revelados por Dios a la humanidad. Sin embargo, la Biblia, como ésta existe hoy, no contiene el Evangelio que le fue
revelado al Profeta Jesús. Las palabras y sabiduría de Dios dadas a Jesús han
sido perdidas, escondidas, cambiadas y distorsionadas. La suerte de los textos apócrifos,
de los cuales forma parte el Evangelio de la Infancia de Tomás, es testimonio
de esto. En el año 325 d.C., el Emperador Constantino intentó unificar la
fracturada iglesia cristiana al convocar a una reunión de obispos de todo el
mundo conocido. Esta reunión llegó a ser conocida como el Concilio de Nicea, y
su legado fue la doctrina de la Trinidad, previamente inexistente, y la pérdida
de entre 270 y 4000 evangelios. El concilio ordenó que se quemaran todos los
evangelios no considerados merecedores de estar en la nueva Biblia, y el Evangelio de la Infancia de Tomás fue uno de ellos.[1] Sin
embargo, copias de muchos Evangelios sobrevivieron y, a pesar de no estar en la
Biblia, son valorados por su significancia histórica.
El Corán nos libera
Los musulmanes creen que Jesús, de hecho, sí
recibió revelación de Dios, pero él no escribió ni una sola palabra, ni tampoco
instruyó a sus discípulos a escribir nada.[2] Un musulmán
no necesita tratar de aprobar o desaprobar los libros de los cristianos. El Corán
nos libera de la necesidad de saber si la Biblia que tenemos hoy contiene la
palabra de Dios o las palabras de Jesús. Dios dijo:
“Él te reveló el Libro con la Verdad, corroborante de los mensajes anteriores; y reveló antes también la Tora y el Evangelio”.
Y también:
“Te hemos revelado [a ti, ¡Oh Muhammad!] el Libro [el Corán] con la Verdad, que corrobora y mantiene vigente lo que ya había en los Libros revelados”.
Cualquier conocimiento que sea beneficioso
para los musulmanes sobre la Tora o el Evangelio está claramente expuesto en el
Corán. Cualquiera que sea el bien encontrado en los libros previos es encontrado
ahora en el Corán.[3]
Si las palabras del Nuevo Testamento actual concuerdan con las
palabras del Corán, entonces esas palabras forman parte del mensaje de Jesús que
no fueron distorsionadas o perdidas con el tiempo. El mensaje de Jesús fue el
mismo mensaje que todos los Profetas de Dios le enseñaron a su gente. El Señor
tu Dios es Uno, entonces adóralo a Él solamente. Dios dijo
en el Corán acerca de la historia de Jesús:
“Esta es la auténtica verdad. No hay otra divinidad excepto Dios. Dios es el Poderoso, el Sabio”.
[1] Misha'al ibn Abdullah, ¿Qué dijo Jesús realmente?
[2] Sheikh Ahmad Deedat. ¿Es la Biblia la palabra de Dios?
Majmu’ Fataawa wa
Rasaa’il Fadilat. vol. 1. p. 32-33