Moisés, que Dios lo bendiga, se casó con
una de las mujeres que había ayudado inicialmente en el pozo de agua, y dedicó
los siguientes diez años a trabajar con su padre y levantar su propia familia.
Su nueva vida era tranquila y contemplativa, no tenía que soportar las intrigas
de la corte egipcia ni la humillación de su pueblo, los hijos de Israel. Moisés
era capaz de reflexionar sobre las maravillas de Dios y el universo.
Cualquier relato de la vida de Moisés
está lleno de lecciones y orientación, para Moisés y para la humanidad. Dios
puso a Moisés a través de experiencias que lo mantuvieron en buena forma para
su próxima misión. Moisés había sido educado en la casa del Faraón de Egipto,
por lo tanto, era consciente de las políticas e intrigas del gobierno egipcio.
Moisés también experimentó de primera mano la corrupción del propio Faraón —el
hombre que se declaraba a sí mismo dios.
Fue a través de la gracia y la
misericordia de Dios que Moisés logró escapar de Egipto y viajar por las
tierras. Pudo experimentar otras culturas y pueblos. Viajar entonces y ahora
amplía horizontes y abre los corazones y mentes a las diferencias y las
similitudes entre las personas de diferentes contextos. Dice Dios:
“¡Oh, humanos! Os hemos creado a partir de un hombre [Adán] y una mujer [Eva], y [de su descendencia] os congregamos en pueblos y tribus para que os conozcáis unos a otros.”
Durante este tiempo en Madián, Moisés
era pastor. El profeta Muhámmad, que Dios lo bendiga, nos informa que todos los
profetas de Dios pasaron tiempo cuidando rebaños de ovejas. Puede parecer una
extraña profesión, pero mirándolo con más cuidado, podemos ver que los pastores
aprenden algunas lecciones invaluables mientras cuidan de sus rebaños. Un
pastor tiene una vida tranquila y solitaria, tiene tiempo para la reflexión
personal y la contemplación de las maravillas de la vida.
Sin embargo, al mismo tiempo el pastor
debe estar en constante alerta por el peligro. Las ovejas en particular, son
animales que requieren cuidado y atención constantes. Incluso si una sola oveja
se aleja de la protección de la manada, se convierte en presa fácil. Un profeta
por lo general tiene la tarea de proteger a una nación entera, debe estar
alerta y al tanto de cualquier peligro que amenace a sus seguidores, sobre todo
a los débiles, los pobres y los oprimidos de entre ellos.
Después que Moisés terminó su período
de servicio que había prometido a su suegro, se sintió abrumado por la
nostalgia. Comenzó a extrañar a su familia y a la tierra de Egipto. A pesar que
tenía miedo de lo que sucedería si regresaba, experimentó un extraño deseo de regresar
a la tierra que lo había visto nacer. Moisés reunió a su familia y emprendió el
largo viaje de regreso a Egipto.
“Y cuando Moisés hubo cumplido el plazo, partió con su familia [rumbo a Egipto] y [en el camino, en una noche fría, tras haberse perdido] divisó un fuego en la ladera de un monte y le dijo a su familia: Permaneced aquí, pues he divisado un fuego y quizás pueda traeros alguna noticia [acerca de nuestro rumbo], o bien una brasa encendida para que podamos calentarnos.”
Mientras Moisés caminaba a través del
desierto, se perdió. Era una noche fría y oscura. Moisés vio lo que parecía ser
un fuego encendido en la distancia. Le dijo a su familia que se quedaran donde
estaban. Tenía la esperanza de recibir orientación o bien de poder llevar un
poco de fuego para calentar a su familia. Sin saberlo, Moisés estaba a punto de
participar en una de las conversaciones más sorprendentes de la historia.
Caminó hacia el fuego, y mientras lo hacía, escuchó una voz.
“Cuando llegó a él, una voz le llamó: ¡Bendito sea quien esté donde el fuego y a su alrededor y glorificado sea Dios, Señor del Universo! ¡Oh, Moisés! Yo soy Dios, Poderoso, Sabio.”
Dios le habló a Moisés. Le pidió a
Moisés que se quitara los zapatos, por lo que se quedó de pie asustado. Dios le
reveló a Moisés que había sido elegido para una misión especial y le pidió que
escuchara lo que estaba a punto de decir.
“Ciertamente Yo soy Dios, y no hay más divinidad que Yo. Adórame, pues, y haz la oración para tenerme presente en tu corazón. Y por cierto que el Día de la Resurrección es indubitable, y nadie salvo Dios sabe cuando llegará. Ese día todos los hombres recibirán la recompensa o el castigo que se merezcan por sus obras. No te dejes seducir por quienes no creen en ella y siguen sus pasiones, porque serás de los que pierdan.”
En una conversación directa entre Dios
y Moisés, le fue prescrita la oración a Moisés y a sus seguidores. De la misma
forma, la oración también le fue prescrita al profeta Muhámmad y a sus
seguidores, en la noche en que el profeta Muhámmad hizo su viaje a Jerusalén y
ascendió a los cielos.
En ese momento, Moisés debió quedar pasmado. Partió hacia Egipto,
siguiendo un extraño anhelo de regresar a su tierra natal. Se perdió en la oscuridad
y el frío y fue a buscar luz y guía. Caminó hacia lo que pensó era un fuego
ardiendo y encontró la luz y la guía de dios.
Moisés sostenía un palo o bastón en su
mano. Dios le habló y le preguntó qué es ese palo, Moisés, háblame de él.
Moisés respondió:
“Es mi vara. Me sirve de apoyo, y con ella vareo los árboles para que mi ganado coma de su follaje; además de otros usos.”
Moisés conocía muy bien su bastón, sabía que no tenía cualidades
milagrosas. Dios le pidió a Moisés que lo tirara al suelo y cuando lo hizo,
empezó a deslizarse y agitarse. El palo se había transformado en una serpiente.
Moisés tuvo miedo, giró sobre sus
talones y echó a correr. Es una inclinación humana natural temer a lo
desconocido y lo extraño, pero Dios quería eliminar este miedo del corazón de
Moisés. Estaba a punto de embarcarse en una misión difícil y era importante que
comenzara con una completa confianza en que Dios lo protegería, sabiendo que no
había razón alguna para tener miedo.
“Arroja tu vara. Y cuando la vio moverse como si fuera una serpiente, se dio vuelta y huyó sin mirar atrás. [Dijo Dios:] ¡Oh, Moisés! Acércate y no temas. Ciertamente tú eres de los que están protegidos.”
Entonces Dios le dijo a Moisés que
pusiera su mano en su seno, así le reveló otra señal de su grandeza y
omnipotencia. Señales que Moisés necesitaría en su próxima misión, pruebas para
aquellos que son desobedientes y rebeldes.
“E introduce tu mano por el cuello de tu túnica y saldrá blanca y resplandeciente, sin tener ningún mal; y lleva tu mano al pecho cuando quieras vencer el temor. Éstos son dos milagros de tu Señor para el Faraón y su nobleza. Por cierto que ellos están descarriados.”
Dios quiso enviar a Moisés ante el
Faraón. El hombre que más temía, el hombre que Moisés pensaba de seguro le
quitaría la vida. Su corazón se encogió de miedo, pero Dios lo tranquilizó.