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Es importante anotar que estos cristianos de la Costa de Malabar no estaban solos ni errados en sus opiniones:

Los cristianos primitivos sentían una repugnancia indomable hacia el uso y el abuso de las imágenes, y esta aversión debe ser adscrita a su descendencia de los judíos y su enemistad con los griegos. La ley mosaica había proscrito con severidad todas las representaciones de la Deidad, y ese precepto fue firmemente establecido en los principios y prácticas del pueblo elegido. El ingenio de los apologistas cristianos fue dirigido en contra de los necios idólatras, que se inclinaban ante artesanías hechas por sus propias manos, imágenes de bronce y mármol que, de haber sido dotadas con sentido y sensibilidad, habrían comenzado a adorar no a la obra en el pedestal, sino a los poderes creativos del artista[1].

O, para ponerlo en un español más simple y moderno:

Los cristianos primitivos habían atacado la adoración de imágenes como la obra del diablo, y se había producido la destrucción masiva de todo tipo de ídolos cuando el cristianismo por fin triunfó. Sin embargo, en los siglos sucesivos las imágenes surgieron de nuevo, apareciendo bajo nuevos nombres pero, para el ojo crítico, con un papel idéntico. Fueron los cristianos de Oriente los que comenzaron a sentir que gran parte de la religión pagana que sus antepasados habían destruido, con un elevado costo en sangre de mártires, había sido restaurada insensiblemente[2].

Sin embargo, el arte religioso fue aprobado en el Concilio de Nicea en 325 d. C., y la adoración de ídolos invadió los servicios católicos desde esa época hasta nuestros días. Gibbon comenta:

"Al comienzo, este experimento fue llevado a cabo con cautela y escrúpulo, y las pinturas venerables fueron permitidas discretamente para instruir al ignorante, despertar al insensible, y satisfacer los prejuicios de los prosélitos paganos. Por una lenta pero inevitable progresión, los honores de los originales fueron transferidos a las copias; los cristianos devotos rezaron frente a la imagen de un santo, y los ritos paganos de genuflexión, luminarias e incienso tomaron furtivamente la Iglesia Católica"[3].

Con el tiempo (continúa Gibbon), la adoración de imágenes se infiltró en la iglesia por grados imperceptibles, y cada pequeño paso fue agradable a la mente supersticiosa, como algo que le proporcionaba comodidad e inocencia del pecado. Pero a inicios del siglo VIII, en la magnitud máxima del abuso, los griegos más temerosos fueron sacudidos por la idea de que, bajo la máscara del cristianismo, habían restaurado la religión de sus padres; escucharon, con dolor e impaciencia, el nombre de idólatras, la presión incesante de los judíos y los mahometanos, que derivaron de la ley y del Corán un odio inmortal hacia las imágenes y toda adoración hacia ellas[4].

Todos aquellos cuyo cristianismo se basaba en las escrituras, el ejemplo de los apóstoles y las enseñanzas de los profetas, se opusieron a la introducción de la adoración de ídolos. Por ello, cuando la hermana de Constantino, congruentemente llamada Constantina, encargó una representación de Jesús en 326 d. C., Eusebio de Nicomedia respondió con altivez: "¿Qué y qué tipo de semejanza de Cristo es esta? Tales imágenes están prohibidas por el segundo mandamiento"[5].

Hace más de dos siglos, Joseph Priestley escribió un resumen que no solo explica la historia, sino también la razón para esta corrupción de la ortodoxia cristiana:

Siendo que los templos se construían en honor de santos particulares, y especialmente de mártires, resultó natural adornarlos con pinturas y esculturas que representaran las grandes hazañas de esos santos y mártires, y esa fue una circunstancia que hizo que las iglesias cristianas fueran más parecidas a los templos paganos, que también eran adornados con estatuas y pinturas, y eso también tendía a llevar a la masa ignorante hacia la nueva adoración, facilitándole la transición.

Paulino, un converso del paganismo que había sido senador romano –célebre por sus escritos y labor de enseñanza, y que murió como Obispo de Nola en Italia, cargo en el que se distinguió–, reconstruyó de forma espléndida su propia iglesia episcopal, dedicada a Félix mártir, y en los pórticos de la misma pintó los milagros de Moisés y de Cristo, junto con las hazañas de Félix y de otros mártires, cuyas reliquias fueron depositadas en la iglesia. Esto, dijo él, se hizo con la intención de guiar al populacho, habituado a los ritos profanos del paganismo, hacia un conocimiento y una buena opinión de la doctrina cristiana al aprender de esas pinturas, ya que no tenían la capacidad de aprender de los libros, las vidas y obras de los santos cristianos.

Una vez comenzó la costumbre de tener pinturas en las iglesias (hacia finales del siglo IV o comienzos del V, generalmente por conversos del paganismo), parece que los cristianos más ricos compitieron entre sí por ver quién construía y decoraba iglesias con mayor derroche, y quizás nada contribuyó más a esto que el ejemplo de este Paulino.

Por Crisóstomo se sabe que las pinturas e imágenes se veían en las iglesias principales de su época, pero esto fue en el oriente. En Italia eran algo raro a comienzos del siglo V, y el obispo de ese país, que tenía su iglesia pintada, pensó adecuado hacer una apología de ella, diciendo que quienes se divertían con las imágenes tendrían menos tiempo para deleitarse consigo mismos. Esta costumbre probablemente se originó en Capadocia, donde Gregorio de Nisa fue obispo, el mismo que le ordenó a Gregorio Taumaturgo que se ingeniara la forma de hacer los festivales cristianos similares a los paganos.

Aunque muchas iglesias de esa época estaban adornadas con imágenes de santos y mártires, no parece que hubiera muchas imágenes de Cristo. Se dice que estas fueron introducidas por los capadocios, y las primeras eran solo simbólicas, mostrándolo en forma de cordero. Epifanio encontró una de estas en el año 389, y se sintió tan ofendido por ella que la rompió. No fue hasta el Tercer Concilio de Constantinopla o Concilio Trullano, celebrado de forma tardía entre el 680 y el 681 d. C., que se ordenó que las pinturas de Cristo lo representaran en forma de hombre[6].

  1. Gibbon, Edward, Esq. 1854. Historia de la decadencia y caída del Imperio Romano. Londres: Henry G. Bohn. Vol. 5, p. 359.
  2. Chamberlin, E. R. 1993. Los papas malos. Barnes & Noble, Inc. p. 11.
  3. Gibbon, Edward, Esq. Vol. 5, Capítulo XLIX, p. 361.
  4. Hodgkin, Thomas. 1967. Italia y sus invasores. Vol. VI, Book VII. Nueva York: Russell & Russell. p. 431.
  5. Priestley, Joseph, LL.D. F.R.S. 1782. Historia de las corrupciones del cristianismo. Birmingham: Piercy y Jones. Vol. 1; Historia de opiniones relacionadas con los santos y los ángeles, Sección 1, Parte 2— De las pinturas e imágenes en las iglesias. pp. 337–339.


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