Salieron bajo el amparo de la oscuridad,
llevando sus escasas pertenencias, y se dirigieron por el desierto hacia el Mar
Rojo. Cuando llegaron al mar, el ejército del Faraón los perseguía de cerca, el
pueblo de Moisés podía ver el polvo levantado por el ejército acercándose.
Miraron al mar frente a ellos y se sintieron atrapados. Por voluntad y con
permiso de Dios, Moisés golpeó el mar con su vara y éste se abrió revelando un
camino. Los hijos de Israel caminaron por el lecho marino. Cuando la última
persona cruzó a salvo, el mar volvió a su lugar y ahogó al ejército de Egipto,
incluyendo al tiránico Faraón.
Los hijos de Israel fueron un pueblo
oprimido y humillado durante mucho tiempo. Muchas generaciones habían vivido
bajo el yugo del Faraón. Se habían convertido en un pueblo hostil. Siempre
esperando lo peor. Anhelando siempre las cosas buenas de este mundo. El sentido
del honor y la confianza en sí mismos se había erosionado. Durante su viaje
fuera de Egipto hacia la tierra prometida, hubo una gran oportunidad para que
sus defectos de carácter se hicieran obvios. Los hijos de Israel fueron
ingratos con Dios, a pesar de Su cuidado y atención hacia ellos. Eran incapaces
de comportarse con sumisión y aceptar la voluntad de Dios.
Cuando los hijos de Israel llegaron a
un pueblo que adoraba ídolos, su afán de ser como esas personas que parecían
ser felices se hizo manifiesto y le pidieron a Moisés que los dejara tener un
ídolo, olvidando por completo los milagros de Dios que habían presenciado.
Cuando Dios los proveyó con comida deliciosa que era desconocida para ellos se
quejaron, deseando la comida inferior a la que estaban acostumbrados. Cuando
Moisés los mandó a marchar contra una ciudad y derrotar a los cananeos se
negaron, en su mayoría por miedo, y así desobedecieron las órdenes de Dios. Ibn
Kazir narra que Moisés sólo pudo encontrar dos hombres dispuestos a luchar.
“Dijo: ‘¡Señor mío! Sólo tengo control de mis actos y autoridad sobre mi hermano; apártanos, pues, de los extraviados’. Dijo [Dios a Moisés]: ‘Les estará prohibida [la entrada en la Tierra Santa] durante cuarenta años, tiempo en el que vagarán por la Tierra. No te aflijas por quienes se desviaron’”.
Los “días de vagar” comenzaron. Cada
día era como el anterior. La gente viajaba sin un destino en mente.
Eventualmente, entraron al Sinaí, Moisés lo reconoció como el lugar donde había
hablado con Dios antes de que su gran viaje a Egipto comenzara. Dios le ordenó
a Moisés que ayunara, como purificación, durante 30 días y luego añadió 10 días
más. Después que el ayuno terminó, Moisés estaba listo para comunicarse de
nuevo con Dios.
“Y convocamos a Moisés durante treinta noches, pero luego extendimos [la cita] otras diez noches más, y el encuentro con su Señor duró cuarenta noches. Y [antes de partir hacia Él] Moisés dijo a su hermano Aarón: ‘Remplázame ante mi pueblo y ordena el bien, y no sigas el sendero de los corruptores’. Y cuando Moisés acudió al encuentro y su Señor le habló, [Moisés] le pidió: ‘Muéstrate para que pueda verte’. Dijo [Allah]: ‘No lo resistirías. Observa la montaña, si permanece firme en su lugar [después de mostrarme a ella], pues entonces tú también podrás verme’. Pero cuando su Señor se mostró a la montaña, ésta se convirtió en polvo, y Moisés cayó inconsciente. Cuando volvió en sí exclamó: ‘¡Glorificado seas! Me arrepiento y soy el primero en creer en Ti’. Dijo: ‘¡Oh, Moisés! Ciertamente te he distinguido entre los hombres con la profecía y por haberte hablado directamente. Aférrate a lo que te he revelado y sé de los agradecidos’”.
Dios le dio a Moisés dos tablas de piedra,
con los Diez Mandamientos escritos sobre ellas. Estos mandamientos forman la
base de la ley judía, la Tora, y son normas morales que siguen siendo
establecidas por las iglesias cristianas. Ibn Kazir y los sabios del Islam
afirman que los Diez Mandamientos están reiterados en dos versículos del Corán:
Venid que os informaré lo que vuestro Señor os ha prohibido: No debéis asociarle nada y seréis benevolentes con vuestros padres, no mataréis a vuestros hijos por temor a la pobreza, Nosotros Nos encargamos de vuestro sustento y el de ellos, no debéis acercaros al pecado, tanto en público como en privado, y no mataréis a nadie que Dios prohibió matar, salvo que sea con justo derecho. Esto es lo que os ha ordenado para que razonéis. No os apropiaréis de los bienes del huérfano si no es para su propio beneficio [del huérfano] hasta que alcance la madurez; mediréis y pesaréis con equidad. No imponemos a nadie una carga mayor de la que puede soportar. Cuando habléis [para declarar o decir algo] deberéis ser justos, aunque se trate en contra de un pariente, y cumpliréis vuestro compromiso con Dios. Esto es lo que os ha ordenado para que recapacitéis”.
Moisés había estado ausente durante 40
días. Su pueblo se había inquietado, eran como niños, quejándose y actuando de
manera impulsiva. Ibn Kazir describe su descenso hacia el imperdonable pecado
de la idolatría: “As-Samiri, un hombre que se inclinaba hacia el mal, sugirió
que debían encontrar otra guía, pues Moisés había roto su promesa. Él les dijo:
‘A fin de hallar la guía verdadera, necesitan un dios, y yo voy a darles uno’. De
modo que recolectó todo el oro y las joyas de ellos, y los fundió. Durante el
proceso, lanzó un puñado de polvo de oro, actuando como un mago para
impresionar a los ignorantes. A partir del metal fundido, hizo un becerro de
oro. Era hueco, y cuando el viento pasaba a través de él, producía un sonido”.
Era como si hubiera conseguido hacerles
un dios viviente. El hermano de Moisés, Aarón, tuvo miedo de enfrentarse a la
gente, pero cuando vio el ídolo y se dio cuenta de que se estaba cometiendo un
pecado grave, habló. Le recordó a la gente que debían adorar sólo a Dios y les
advirtió de las graves consecuencias de sus actos, tanto de Moisés a su regreso
como de Dios mismo. Aquellos que permanecieron fieles a su creencia en Dios se
apartaron de aquellos que adoraron al ídolo. Cuando Moisés regresó con su
pueblo, los vio cantando y bailando alrededor del becerro de oro. Estaba
furioso.