Moisés no podía creer lo que veían sus
ojos, a pesar que Dios le había advertido que un castigo severo estaba por caer
sobre su pueblo por adorar al becerro de oro. El corazón de Moisés estaba lleno
de vergüenza y de ira. Su propio pueblo había sido testigo del poder y la
majestad de Dios, sin embargo actuaban de forma hostil y sin temor al castigo
de Dios.
“Dijo [Allah]: Por cierto que hemos puesto a prueba a tu pueblo después de que les dejaste, y el samaritano les extravió [exhortándoles a adorar el becerro]. Y cuando Moisés regresó ante su pueblo airado y apenado, les dijo: ¡Oh, pueblo mío! ¿Acaso vuestro Señor no os ha hecho una hermosa promesa? ¿Es que os parece que me ausenté por mucho tiempo? ¿Acaso queréis que la ira de vuestro Señor se desate sobre vosotros, y por ello quebrantasteis la promesa que me hicisteis?”
Moisés se volvió hacia su hermano
Aarón, se enojó y lo tomó por la barba acercándolo de cabeza hacia él. Le gritó
a su hermano Aarón exigiéndole que explicara por qué había desobedecido las
instrucciones que le había dado, y por qué había permitido que As Samiri engañara
a los hijos de Israel. Aarón le explicó que la gente no lo había escuchado y
habían estado a punto de matarlo. Pidió a Moisés que no permitiera que los
idólatras los separaran. Aarón no era tan fuerte y poderoso como su hermano y
temía no ser capaz de controlar a los hijos de Israel, por lo que había
esperado el regreso de su hermano Moisés.
La promesa de Dios es verdadera y su
castigo no se hizo esperar. Moisés se enfrentó con As Samiri y lo envió al
exilio.
Dijo [Moisés]: Aléjate de nosotros; ciertamente tu castigo en esta vida será vivir sólo, sin que nadie se te acerque, y [en la otra] te aguarda una cita ineludible [el Día del Juicio]. Y observa [lo que haremos con] lo que consideraste tu divinidad, y a lo cual has adorado: Lo quemaremos y esparciremos sus restos en el mar. Ciertamente vuestra única divinidad es Allah. No existe nada ni nadie con derecho a ser adorado salvo Él, y todo lo abarca con Su conocimiento.
El castigo impuesto a los idólatras fue
severo.
Y cuando Moisés dijo a su pueblo: ¡Oh, pueblo mío! Ciertamente habéis sido injustos con vosotros mismos al tomar el becerro [como objeto de adoración]. Arrepentíos ante vuestro Señor y mataos unos a otros [ejecutando a quienes adoraron el becerro]. Ello será lo mejor para vosotros ante vuestro Creador. Así os perdonará, pues Él es Indulgente, Misericordioso.
Dios es el Más Misericordioso y
perdona. Después que los hijos de Israel se habían purificado y habían
ejecutado a los idólatras, Dios aceptó su arrepentimiento. Incluso después de
su continua hostilidad y obstinación, los hijos de Israel sintieron de nuevo la
gracia de Dios sobre ellos.
Moisés escogió entonces a 70 hombres
entre los más piadosos de los hijos de Israel. Regresó con ellos al Monte Tur.
Eran una delegación con la intención de pedir perdón a Dios por su
comportamiento. Se quedaron atrás y Moisés se perdió entre la neblina para
hablar con Dios mientras los ancianos esperaban. Cuando regresó a ellos, en
lugar de sentirse arrepentidos y pedirle disculpas a Moisés, le informaron que
realmente no lo seguirían hasta que vieran a Dios con sus propios ojos.
¡Oh, Moisés! No creeremos en ti hasta que veamos a Dios en forma manifiesta.
La tierra tembló y los 70 hombres
fueron alcanzados por un rayo. Cayeron muertos al suelo. Moisés quedó atónito.
De inmediato se preguntó qué le diría a los hijos de Israel. Estos 70 hombres
eran los mejores entre su pueblo; Moisés sintió que ahora los hijos de Israel no
tenían esperanza. Acudió a Dios.
Y Moisés eligió entre su pueblo a setenta
hombres para que se encontrasen con Nosotros, y cuando les azotó un violento
temblor, [Moisés] exclamó: ¡Señor mío! Si hubieras querido les habrías
aniquilado antes, y a mí también. ¿Acaso nos aniquilarás por lo que han
cometido los necios que hay entre nosotros? Ciertamente esto [el becerro] no es
sino una prueba con la que extravías y guías a quien quieres. Tú eres nuestro
protector, perdónanos y ten misericordia de nosotros; Tú eres el más
Indulgente. Y concédenos el bienestar en esta vida y en la otra; ciertamente
nosotros nos hemos arrepentido. Dijo [Dios]: Azoto con Mi castigo a quien
quiero, pero sabed que Mi misericordia lo abarca todo, y se la concederé a los
piadosos que pagan el Zakat y creen en Nuestros signos. (Corán 7:155-156)
Dios es en verdad el Más Misericordioso
y Su misericordia abarca todas las cosas. Cuando Moisés suplicó a Dios, Él
resucitó a los 70 ancianos muertos. Por muchos años, los hijos de Israel vagaron
por el desierto y tierras baldías. El profeta Moisés sufrió mucho a manos de
ellos. Soportó su amotinamiento, hostilidad, ignorancia e idolatría, y ellos
incluso le causaron daños personales. Sufrió sólo por causa de agradar a Dios.
Después de muchos años, el profeta Aarón murió, de modo que Moisés estaba finalmente
sin su mayor apoyo. Sin embargo, se mantuvo firme, continuó en el desierto sin
alcanzar nunca la tierra prometida. Moisés murió, rodeado aún por los hostiles
hijos de Israel. Rodeado por la gente que se negó a ver los milagros que tenían
ante sus ojos, a pesar que Dios en Su misericordia continuaba dándoles
oportunidad tras oportunidad.
En las tradiciones del profeta Muhámmad,
que Dios lo bendiga, se cuenta la muerte del profeta Moisés:
“El ángel de la muerte fue enviado a Moisés. Cuando llegó, Moisés le dio un puñetazo en el ojo. El ángel regresó a su Señor diciendo: ‘Me has enviado a un siervo que no desea morir.’ Dios dijo: ‘Regresa con él y dile que ponga su mano sobre el lomo de un buey y que por cada pelo que quede bajo ella, le otorgaré un año de vida.’ Moisés dijo: ‘¡Oh Señor!, ¿qué pasará después?’ Dios contestó: ‘Morirás.’ Moisés dijo: ‘¡Que la muerte llegue ya!’ Moisés pidió entonces a Dios que le dejara morir cerca de la Tierra Santa, estando a una distancia de un tiro de piedra de ella.”