El Faraón y la mayoría de la gente de
Egipto se negaron a creer en las señales. Dios envió repetidamente sus castigos
y la gente apeló a Moisés, con la promesa de adorar sólo a Dios y liberar a los
hijos de Israel, pero una y otra vez, rompieron sus promesas. Finalmente, Dios
retiró Su misericordia y dio la orden a Moisés de conducir a su pueblo fuera de
Egipto.
Pero cada vez que apartamos de ellos el castigo hasta un plazo que habíamos decretado [para castigarles nuevamente] no cumplieron lo pactado. Entonces nos vengamos de ellos y los ahogamos en el mar, porque ellos habían desmentido Nuestros signos y por haberse mostrado indiferentes.
Los espías del Faraón supieron de
inmediato que algo importante estaba ocurriendo y el Faraón llamó a una reunión
a sus asesores de mayor confianza. Ellos decidieron reunir todas las fuerzas
armadas para perseguir a los esclavos fugitivos. Reunir al ejército les tomó
toda la noche y el ejército del Faraón no dejó los confines de la ciudad hasta
el amanecer.
El ejército del Faraón marchó hacia el
desierto. No pasó mucho tiempo antes que los hijos de Israel pudieran mirar
atrás en la distancia y ver el polvo levantado por el ejército que se les
acercaba. Tampoco fue mucho antes de que las primeras filas de los hijos de Israel
hubieran llegado a orillas del Mar Rojo.
Los hijos de Israel estaban atrapados.
Frente a ellos estaba el Mar Rojo y a sus espaldas estaba el ejército vengador.
El miedo y el pánico comenzaron a extenderse entre sus filas. Apelaron a
Moisés. Moisés había estado caminando en la parte posterior de su pueblo
fugitivo, podía ver al ejército acercarse. Se hizo camino a través de las filas
hasta la orilla del mar. Caminó entre su gente disipando sus temores y
recordándoles que mantuvieran la fe para seguir confiando en que Dios no los
defraudaría.
Moisés se detuvo a orillas del Mar Rojo
y oteó el horizonte. Ibn Kazir narra que Josué se dirigió a Moisés y dijo:
“Frente a nosotros hay una barrera infranqueable, el mar, y detrás está el
ejército; ¡sin duda no podemos evitar la muerte!” Moisés no se dejó llevar por
el pánico, permaneció de pie en silencio y esperó que Dios mantuviera Su
promesa de liberar a los hijos de Israel.
En ese momento, cuando el pánico se
apoderó de los hijos de Israel, Dios inspiró a Moisés que golpeara el mar con
su bastón. Él hizo lo que se le había ordenado. Un fuerte viento comenzó a
soplar, el mar comenzó a girar y girar, y de repente se abrió para revelar un
camino. El fondo del mar se secó lo suficiente para que la gente pudiera
caminar por él.
Moisés comenzó a dirigir a la gente a
través del corredor seco en medio del mar. Esperó a que la última persona
comenzara a caminar por el mar antes de volverse para mirar al ejército que se
acercaba, y luego siguió a su pueblo a través del lecho marino. Al llegar al
otro lado, el pánico y el miedo comenzaron a abrumar a los hijos de Israel. Volvieron
a rogar y a suplicar a Moisés para que cerrara el corredor. Moisés se negó, el
plan de Dios ya estaba en marcha y él confiaba en que los hijos de Israel estarían
a salvo a pesar que el ejército del Faraón los había seguido por el corredor
del lecho marino desecado.
Hicimos que los Hijos de Israel cruzaran el mar. Y los persiguieron el Faraón y su ejército injustamente, empujados por el odio. Y cuando [el Faraón] sintió que se ahogaba indefectiblemente dijo: Creo en una única divinidad como lo hace el pueblo de Israel, y a Él me someto. ¿Recién ahora crees, luego de haber desobedecido y haberte contado entre los corruptores? Conservaremos tu cuerpo y te convertirás en un signo para que las generaciones que te sucedan reflexionen. Por cierto que muchos de los hombres son indiferentes a Nuestros signos.
Ibn Kazir describe así la muerte del
Faraón: “Cayó el telón sobre la tiranía del Faraón, y las olas arrojaron su
cadáver a la orilla occidental del mar. Los egipcios lo vieron y supieron que
el dios al que adoraban y obedecían era sólo un hombre que no podía alejar la
muerte de su propio cuello.” Cuando el Faraón tuvo poder, riqueza, salud y
fortaleza, se negó a reconocer a Dios, pero cuando vio la muerte aproximándosele,
clamó a Dios con miedo y horror. Si la humanidad recuerda a Dios en épocas de
calma, Dios recordará incluso al más humilde de los seres humanos en épocas de
emergencia.
Generaciones de opresión habían dejado
una marca indeleble en los hijos de Israel. Años de humillación y de miedo
constante los había convertido en ignorantes y obstinados. Muchos de ellos
habían sido privados de comodidades y lujos todas sus vidas. Anhelaban algo que
fuera una señal de riqueza o materialismo. Los hijos de Israel creían en Dios,
y acababan de presenciar los milagros más sorprendentes y las señales del poder
de Dios, pero aún codiciaban un ídolo que vieron en su viaje fuera de Egipto.
Hicimos que los Hijos de Israel cruzaran el
mar, y cuando llegaron a un pueblo que se prosternaba ante los ídolos dijeron:
¡Oh, Moisés! Permítenos adorar ídolos como lo hacen ellos. Dijo: Vosotros, en
verdad, sois un pueblo de ignorantes. Ciertamente aquello en lo que creen será
destruido y sus obras habrán sido en vano.
Dijo: ¿Cómo podría admitir que adoréis a
ídolos en vez de Dios, cuando Él os ha preferido [enviándoos un Profeta] a
vuestros contemporáneos?
Recordad cuando os salvamos del Faraón y su ejército, quienes os castigaban sin piedad, matando a vuestros hijos y dejando con vida a las mujeres; en esto hubo una dura prueba de vuestro Señor.
Dios ha favorecido a los hijos de Israel.
Fueron conducidos a salvo fuera de Egipto y presenciaron el ahogamiento de su
cruel gobernante, el Faraón. Cuando necesitaron agua, Dios ordenó a Moisés que
golpeara una roca, que se abrió en doce fuentes para las doce tribus, de modo
que no hubiera disputa entre ellas. Dios también envió nubes para protegerlos
del sol abrasador, y para calmar su hambre les envió un alimento especial y delicioso
llamado maná, además de codornices. Lamentablemente, a pesar de la generosidad
de Dios, muchos de los hijos de Israel se quejaron y anhelaron la comida que
solían comer en Egipto, cebollas, ajos, fríjoles y lentejas.
Moisés advirtió a su pueblo y les
recordó que acababan de salir de una vida de degradación y humillación. Les
preguntó por qué lloraban por las peores provisiones cuando Dios les estaba
otorgando las mejores.
“¿Es que queréis cambiar lo mejor por lo peor? Dirigíos a Egipto que allí tendréis lo que pedís.”
Dios
estaba brindándoles regalos y facilitándoles la vida a los hijos de Israel mientras
ellos hacían su viaje hacia la tierra prometida, pero ellos eran un pueblo
quebrantado, incapaz de mantenerse alejado del pecado y la corrupción.